En una ocasión se levantó un hombre de raza judía.
- Yo soy hebreo, le dijo antes de formularle su pregunta.
- ¡Hebreo! –exclamó el Santo, interrumpiéndole– Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho –con locura– a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesu Christus heri et hodie, Ipse et in saecula: Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño, sigue.
- Yo creo que ya la pregunta está respondida, Padre.
En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad. San Agustín