Luego de haber recibido la gracia de la visión de aquella gran Señora que se autodenominó Yo soy la Inmaculada Concepción, sufrió muchas incomprensiones y burlas. Ella, que nunca buscó ni el bullicio ni la popularidad, tenía gran humildad para aceptar todas las contrariedades y solía responder con chispa.
En un interrogatorio, el acalde de Lourdes, sabiendo que, en una visión, había masticado hierbas amargas como signo de sacrificio, para ridiculizarla le preguntó:
- ¿Es que la confundieron con una ternera?
Bernardita respondió con ironía:
- Señor alcalde, ¿a usted le sirven lechuga en el almuerzo?
- Claro que sí – respondió algo desconcertado el alcalde.
- ¿Es que lo confunden con un ternero?
Si hay en la tierra un alma verdaderamente feliz, ésta es solamente un alma verdaderamente humilde. Santa Faustina