Cuando la gente enaltecía su santidad, ordenaba a algún hermano que repitiera insistentemente en sus oídos palabras de desprecio, en contra de las voces de alabanza que recibía.
Cuando el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba rústico, mercenario, inculto e inútil, Francisco, lleno de íntima alegría reflejada en su rostro, le respondía:
- Que el Señor te bendiga, hijo muy querido, porque lo que dices es la pura verdad, y tales son las palabras que debe oír el hijo de Pedro Bernardote.
El grado más perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale mas delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas. San Francisco de Sales